Existe el dicho de que a la mayoría de personas no nos gusta escuchar la verdad sobre nosotros mismos. Como

alguien expresó muy bien, preferimos ser besados con una mentira que una bofetada de realidad.

 

Por suerte o infortunio, de alguna manera se nos infunde miedo a no ser suficientemente competentes, fuertes,

trabajadores y responsables mucho antes de que podamos saber siquiera como sentirnos realizados y felices en la

vida, o que es lo que hemos venido a hacer aquí realmente.

 

Durante los últimos dos siglos, la existencia en nuestra sociedad se ha desarrollado en una dirección difícil de manejar

para criaturas no solamente racionales, sino también emocionales, como somos las personas, los seres humanos.

 

Si usted está leyendo esto, hay muchas probabilidades de que sea un ser humano. Esto implica tener una mente,

cuerpo, y emociones.

 

La mayoría de nosotros vivimos ignorando la realidad de quien somos. La forma de hacer esto es ignorando estas

emociones, a menudo incluso ante nosotros mismos, porque hemos sido sistemáticamente condicionados para ello.

Si lo piensa tiene sentido: si les prestásemos demasiada atención, probablemente nos conduciríamos por el mundo de

forma que tuviera sentido para nosotros y eso no se puede tolerar.

 

 ¿ Sabe por qué ?

 

Hay demasiados intereses por parte de demasiada gente en que nos comportemos de cierta manera, que no es

precisamente en nuestro beneficio. Esto ocasiona que las personas frecuentemente nos sintamos mal sin que en

realidad exista motivo para ello.

 

Por eso decía que la sociedad, en los últimos dos siglos, parece haber tomado un camino en en el que se dificulta la

aceptación propia por parte de los individuos y por consiguiente su expresión genuína, que se ve condicionada hasta

el punto de amenazar la supervivencia o la aceptación por parte del entorno.

 

Hay demasiadas emociones que no encajan en el marco de como tendrían que ser algunas cosas, o con la idea que

nos han inculcado de ellas.